Conocer, he ahí el secreto (1/3)
Ma. Leonor Carrillo C.
(primera parte de tres)
“Si es humano, no podré comprenderlo
si no conozco su historia”
Angel Villarini
“El carácter más general y fundamental de una cultura es que debe ser aprendida, o sea, transmitida en alguna forma [...] de las generaciones adultas a las más jóvenes a fin de que estas se vuelvan igualmente hábiles para manejar los instrumentos culturales [...] esta transmisión es la educación.
La educación es pues un fenómeno que puede asumir las formas y las modalidades más diversas según sean los grupos humanos y sus correspondientes grados de desarrollo” (Abagnano, 1995)[i]
Esta visión general del fenómeno educativo nos ubica en el universo en el cual, la transmisión es el eje fundamental.
Trasmitir es una necesidad inherente al hombre. Si el hombre no la llevase como intrínseca, cada día sería un literal comienzo.
Y es precisamente en la transmisión que se dona a los otros de sí.
Toda transmisión, entendida esta como: “transferir, ceder, comunicar” (Larousse, 1999)[ii] altera de alguna manera al otro.
“El maestro transmite lo que sabe pero enseña lo que es”
Brincamos con esto a la trascendencia del hecho educativo, que no solo es la consecuencia de una necesidad, cuanto la permanencia de mí en el otro.
Y si la letra ha de entrar con sangre, es la herida lo que permanece de mí, mientras el otro se desangra.
Cabe entonces tu obligada pregunta, lo sé: ¿Hay otro camino diferente que no vaya marcado por el hilo rojo?, ¿de qué manera permanecer sin ejecutar cada día transplantes que por incompatibles se rechazan?
Son muchos los caminos que nos conducen a Roma, y aún así, diría yo, demasiados los romanos que nos quedan por conocer.
Durante nuestra vida precisamos de cubrir mínimos, y lo mínimo que yo te pediría cubrieses al pisar un aula es el de preocuparte por saber quién está delante de ti. No te compete el indagar, el husmear en la vida de tus alumnos, pero sí el tener un mínimo de conocimiento claro, preciso y certero acerca de cada uno de ellos. No te baste con saber un nombre que puedas mencionar a diario pero decirte nada. Cuídate de resolverle su conflicto existencial haciéndole el favor de etiquetarlo, y peor aún, de etiquetarlo por las actitudes producto de su ebullición hormonal.
Preocúpate cuando menos de tener idea de si le gusta o no estudiar; de si le gusta o no tu materia. Con saber esto tan elemental quedará muy claro que algunas de las actitudes que presente tu alumno serán producto de un agrado o aversión que está fuera de tu alcance y por ende, a distancia del aspecto personal, o sea, de ti.
De no quedar esto claro, la aversión (hablo de esto porque es la polaridad que conflictúa la interrelación) pasará del ámbito general al personal, en donde todo aquello que provenga del primero, será motivo agresión en el segundo cuando que son dos mundos diferentes a los que hay que delimitar perfectamente para poder lograr penetrar e interactuar sin herirnos mutuamente.